Claves para detectar tumores oculares

Llamamos tumor a cualquier alteración de los tejidos que produzca un aumento de volumen debido al aumento en el número de células que lo componen. La parte del cuerpo en la que aparece el tumor se mostrará, por lo tanto, hinchada o distendida. Los tumores se clasifican en benignos o malignos en función de su capacidad o no de infiltrar los tejidos que le rodean. De este modo, cuando un tumor es maligno tiene la capacidad de invadir y de producir metástasis a lugares distantes, pudiendo poner gravemente en riesgo la salud del paciente.

En el caso de los tumores oculares, encontramos distintos grados de severidad. Como norma general, su delicada localización exige ponerse en manos de especialistas lo antes posible para que éstos puedan valorar la gravedad del tumor. La precocidad de la atención médica es, en muchos casos, determinante para las posteriores posibilidades de tratamiento y curación del tumor.

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En el caso de los tumores oculares, incluso aquellos categorizados como benignos deben ser rápidamente examinados y atendidos, ya que su crecimiento podría llegar afectar a otras estructuras oculares como el nervio óptico, repercutiendo en la visión. En los tumores malignos, no sólo está en juego la visión del paciente, sino también su vida. Del abordaje de la enfermedad dependerá el pronóstico visual y vital del paciente.

En función de su localización, podemos distinguir diferentes tipos de tumores. Los tumores ubicados en los párpados o palpelbrales son muy comunes y usualmente benignos. Sin embargo, en algunos casos no lo son, por lo que conviene hacerles un seguimiento. Entre los intraoculares, podemos encontrar tumores benignos como el hemangioma de coroides (que, sin embargo, supone un riesgo para la visión al amenazar el nervio óptico y la mácula) o tumores malignos como el melanoma o el retinoblastoma. Los tumores orbitarios son menos frecuentes pero muy variados y algunos pueden ser muy graves.

En cuanto a su detección, en el caso de los tumores de la conjuntiva y los párpados son fácilmente visibles. Los primeros se manifiestan con un cambio de color o textura respecto al resto de tejido o por zonas de bultos y lesiones, y los segundos se suelen manifestar en forma de nódulos o úlceras. Al detectar la menor “arruga” o “granito” en el tejido ocular, es importante consultar al oftalmólogo. Los tumores orbitarios, sin embargo, son más complicados de detectar. Pueden producir dolor, alteraciones en la movilidad ocular, la impresión de “ojos saltones” o incluso pérdida de visión cuando comprimen el nervio óptico.

El tratamiento de los tumores oculares depende de su tipo, ubicación y tamaño. En el caso de los tumores malignos, casi siempre deben ser extirpados mediante cirugía, algo que puede reforzarse con un tratamiento de quimioterapia o radioterapia en coordinación con un oncólogo. En el caso del melanoma el tratamiento suele ser la braquiterapia, una placa radioactiva de rutenio o yodo situada durante unos días en la zona tumoral. Al ser un tratamiento local, evita la radiación externa y reduce la aparición de efectos secundarios.

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¿Se pueden prevenir los tumores oculares? Sólo en parte. Desde luego, la exposición solar es un factor de riesgo, por lo que usar unas buenas gafas de sol con filtros ultravioletas es sin duda una buena ayuda preventiva. Sin embargo, no todos los tipos de tumores se pueden prevenir, aunque sí es posible detectarlos precozmente con revisiones oculares periódicas. A partir de los 50 años de edad es recomendable hacerse una exploración rutinaria del fondo de ojo de forma anual.

Si deseas hacernos cualquier consulta sobre los tumores oculares o bien pedir cita para una exploración del fondo de ojo, no dudes en ponerte con nosotros a través de este enlace y te atenderemos lo antes posible. Gracias por confiar en nosotros.

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